Celebración


Los argentinos vivimos una celebración de la ciencia. El Estado la lleva como estandarte de modernidad, los medios la colocan en la agenda, y la gente celebra sus eventos.  Sin embargo en la comunidad científica hay reticencias ante una agenda nacional de ciencia y tecnología.

La fiesta de Tecnopolis

Hace cuatro año con la asunción de la presidencia por parte de Cristina Fernández la ciencia argentina comenzó a experimentar un tiempo inédito. El nuevo gobierno creo el Ministerio de Ciencia Tecnología e Innovación Productiva, el presupuesto para gasto en inversión y desarrollo mantuvo el ritmo creciente iniciado en la gestión anterior, la repatriación de científicos se intensificó y se convirtió en estandarte de la gestión. Por su parte los medios comenzaron a hablar de la ciencia argentina, los investigadores fueron tapa en revistas de estilo masculino -Brando-. A mediados de julio el gobierno inauguró Tecnópolis, “la fiesta de la ciencia, la tecnología y la innovación argentina” en el marco de las fiestas del bicentenerio. En algo más de un mes 2,4 millones de visitantes recorrieron el evento y los medios locales e internacionales debieron posar su mirada en el mega show de la ciencia argentina. .

Pareciera que para gran parte de la sociedad argentina y, sin duda, para el gobierno existe un entusiasmo de baconiano con la ciencia y la tecnología, una fe tricentenaria en el conocimiento como llave al bienestar creciente. La actitud no parece caprichosa. Existe un concenso, del que participaban tanto Adam Smith como Karl Marx, de que el bienestar -al menos como media- es función de la productividad, y esta a su vez de la aplicación del conocimiento al proceso de productivo. Las políticas de inversión en I+D de los países llamados centrales como de los nuevos ricos, caso Corea, o emergentes como China, India o Brasil son ilustrativos al respecto.

Pero si la tradición académica reza que la ciencia es independiente ¿Las políticas científicas afectan el conocimiento científico? En el campo académico pareciera que todos acuerdan que si, desde las posiciones tradicionales a las corrientes críticas constructivistas. Los primeros como un grito en el cielo, los segundos enfatizando la denuncia de un fatum inevitable. Ambos con una cuota de ethos, y una quita de praxis.

Lo que hoy reconocemos como ciencia es una práctica social institucionalizada por la cultura europea a inicios del siglo XVII y no fue un hecho menor para la humanidad. Desde que entonces los europeos separaron en dimensiones distintas cultura y naturaleza [Latour:2007], se arrogaron la posibilidad de “retorcerle la cola al león” [Hurtado: 2010] como diría Bacon a la posibilidad de violentar la segunda a través de la experimentación para extraerle sus secretos, y acordaron que debían hacerlo ante, o por, un colectivo que constatara los hechos, multiplicaron su poder sobre el mundo sumando la explosión demográfica, la revolución industrial, y una expansión constante sobre las restantes formaciones socioculturales.

Durante 400 años la práctica científica se ha complejizado. Sumó teorías además de hechos y creo grandes equipos experimentales que mediatizan la experiencia y encierran gran cantidad de supuestos. A la vez mantuvo un núcleo metodológico sencillo: la libertad de creación de hipótesis, pero el estricto requisito de validación (real o potencial) de cara a la comunidad de pares. La fórmula es poderosa y parece un escudo difícil de sortear para gran parte de la crítica.

Thomas Merton desde el funcionalismo no se amilanó en parafrasear a Marx y Engels acerca de que la ciencia no viene de la nada y aceptará que existe una relación estrecha entre ciencia y sociedad. Pero tomará distancia de la razón instrumental de los padres fundadores y con cortesía se referirá a ella como un momento de legitimación ante la corte, pero en el trayecto la ciencia se consagró e independizó poniendo como unico objetivo el incremento del conocimiento verificado. De allí en más su preocupación estará centrada en como las formas sociopolíticas acunan o no las formas de la práctica científica legitimada que por cierto, desde su punto de vista, van mucho más allá de la posibilidad de replicación de lo experimental, de contrastación de los enunciado que impone el escepticismo organizado. Merton incorpora una serie de condiciones éticas como una comunidad científica autónoma, movida por el incremento del conocimiento, la libre disponibilidad del conocimiento y su comunicación y criterios de validez universales indpendientes de la autoridad personal de los autores.

El marco conceptual mertoniano no es original y parece más un manifiesto de la comunidad científica que un análisis externo de la misma. Su similitud con los postulados de la comunidad científica argentina impulsada por Houssay y la cultura fundacional del Conicet [Hurtado:2010] dificilmente sea casualidad. Si bien esos postulados pueden reflejar una práctica científica exitosa que en Argentina rindió dos premios Nobel, sin contar el de César Milstein que podría considerarse un premio a un científico inglés nacido en Argentina, sus consecuencias para una política de ciencias son bien conocidas: la imposibilidad de generar una agenda nacional propia y el mecenazgo de un elite, a la espera que su creatividad derrame conocimiento útil para el resto de la sociedad.

Desde el otro extremo, de las corrientes críticas de Ciencia Tecnología y Sociedad, Knorr-Cetina pese a polemizar directamente con Merton coincide en las preocupaciones por el trasfondo político-económico de la investigación científica. En su trabajo “Comunidades Científicas o Arenas Transepistémicas de Investigación?” no pone el grito de alarma sobre las potenciales insidencias de una política de ciencia y tecnología sino que la toma con el tono amargo de una denuncia a la naturaleza de la práctica social de la ciencia. Su crítica va directo a la visión de Merton y Bourdieu, y la supuesta integridad ética de la ciencia que ambos sociólogos sostienen. Para Knorr-Cetina la ciencia es una práctica muy similar a cualquier práctica laboral que busca su repoducción por la reproducción misma, a la caza del próximo subsidio disponible.

Por medio de un relevamiento etnográfico a través de distintos laboratorios de investigación concluye que el financiamiento por instituciones por fuera de la comunidad de pares, ya sea pública y privada, es asumida como parte de la práctica con dos severas consecuencias: Por un lado, diluye la idea fundacional de la comunidad científica por la intromisión de extraños. El investigador ya no ya no contrasta y construye conocimiento junto / frente a sus pares, sino que acomoda su práctica a los requerimientos de las instancias de financiamiento. De allí la idea de arenas trans-epistémicas

“Mi argumento es que si no podemos presumir que las elecciones “cognitivas” o “técnicas” del trabajo científico están exclusivamente determinadas por el grupo de pertenencia a una especialidad de un científico, no tiene sentido buscar una “comunidad de especialidad” como el contexto relevante para la producción de conocimiento” [Knorr-Cetina:1992] argumenta.

Por otro lado, y como consecuencia directa, la relación con el financiamiento de terceros tiene sus consecuencias epistémicas. La práctica del científico se convierte en la construcción del objeto de investigación mediante acuerdos con el ente de financiamiento, más que una descripción brindada por la realidad. Sin embargo aquí entra en terrenos fangosos y se apresura a salvar que en ese intercambio con los entres extracomunitarios, los resultados esperables son negociables, incluso frecuentemente aconsejados por el mismo investigador. Así la posibilidad de un resultado sólido y fundado.

Así las cosas desde la crítica una política de ciencia y tecnología también se las vería en figurillas para fijar una agenda. Lo mejor para la ciencia sería el mecenazgo de las elites del conocimiento y otra vez esperar que su creatividad derrame en soluciones útiles. Y lo que Merton y Knorr-Cetina no logran explicar sería por qué, aun en el peor de los casos, una agenda muy definida de ciencia y técnica, el inversor estaría más interesado en comprar un fraude que la mejor solución a los problemas que le interesan, sin que sus más alocadas hipótesis pasen por la prueba de la contrastación.

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Acerca de ciencia351

Periodista especializando en periodismo científico en la Universidad NAcional De Córdoba
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